Jerusalem

Jerusalem estaba en mis manos y me iba a encargar de engrandecerla y convertirla en mi ciudad...

Jerusalem

Si elegí Jerusalem fue porque los confidentes de Achîs nos habían revelado la posibilidad de entrar en la ciudad a través de una fuente que la abastecía con agua...

Jerusalem

Bastaba un puñado de hombres valientes, eso sí no podían ser ni ciegos ni cojos, que treparan por la garganta de la cisterna y se colaran por ella en la ciudad para abrirnos sus puertas y sorprender a sus habitantes...

Jerusalem

Compré el lugar previsto para su emplazamiento a los jebuseos, una colina al norte de la ciudad, por seiscientos gramos de plata, adquiriendo un derecho indiscutible sobre el lugar que nadie iba a poder reclamar nunca...

Jerusalem

Conquistada la fortaleza tenía que concederle un valor sentimental y religioso del que carecía una ciudad recién entrada en nuestra historia. De nuevo fue Abigail quien tuvo esa idea magnífica que no se le había ocurrido ni al más astuto y sabio de mis consejeros. Traer a Jerusalem el arca, verdadero paladión de la unión, convirtiéndola en una ciudad sagrada, la ciudad de nuestro Señor y de David.

Arca

Si es el objeto de culto más emblemático y eminente de las tribus del norte y posee un inestimable contenido religioso, histórico y legendario, ¿qué mejor que traerla a Jerusalem para ganarme definitivamente sus corazones?

Aunque para nuestros detractores no se trate más que de un cofre fetichista, para nosotros simboliza esa copia fidedigna del trono divino, adornado con dos querubines, la garantía y seguridad de la presencia constante y omnipotente de nuestro Señor. Nuestros sacerdotes aseguran que contiene las tablas que le diera a Moisés con los diez mandamientos aunque nadie se haya atrevido nunca a abrirla para comprobarlo, ni siquiera a tocarla por miedo a ser castigado. La presencia en nuestra capital de esta reliquia bélica – nuestro Dios siempre ha sido un dios guerrero, ¿no le llamamos por eso el Señor de los ejércitos? – que nos acompaña en las batallas e inculca la fuerza y el valor necesarios para ganarlas, iba a consolidar mi poder militar y aunar definitivamente la doble monarquía. Una jugada sagaz de política y estrategia, como la calificaron mis consejeros. A los únicos que desagradó mi decisión fue a los habitantes de Hebrón que consideraban esa ciudad la predestinada para guardar el arca de nuestro Señor.

¿Quiénes eran los filisteos?

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